Hace poco leía el último libro de Carlos Ruiz Zafón –voy por la página 100 y de momento está entretenido– y hubo una frase que me llamó la atención y me hizo reflexionar: “Todos mis amigos son de tinta y de papel”. Y no es que a mí me pase así, pero estoy empezando a cuestionármelo. ¿Amigos, amigos? ¿Amigos de verdad? No amigos de facebook, ni myspace, ni aol, ni msn messenger. ¿Amigos? No de los “ya si eso”… Digo “amigos, amigos”. ¿Chatear? No está mal pero prefiero chatear con chatos de vino…

Según pasan los años me vuelvo más escéptico con respecto a la amistad mas no con el amor. ¡Ironías! Poco a poco a uno se le caen muchos mitos en la vida y cada vez creo menos. Me dejo sorprender y aún no he perdido la esperanza en que me contradigan pero, por lo general, la gente es muy interesada o cree en la simbiosis o en el parasitismo pero no en el libre albedrío de dos personas que simplemente deciden pasar tiempo juntos.

Por ejemplo, hasta hace no tanto, creía que tenía muchos amigos, pero ahora después de haber visto con mis propios y atónitos ojos cómo la amistad  se resume en un tibio “ya nos veremos si eso” pues no estoy para mendigar amistades a nadie. Y no es que haya tenido mala suerte. Más bien me siento afortunado.  Lo que quiere decir a la postre, rizando el rizo, que tener muchos amigos equivale a no tenerlos.

Si bien a los amigos se les cuenta en el infortunio hay que contarlos  también en la prosperidad: la prosperidad atrae a una horda de presuntos amigos, pero hace falta mucho ojo y muchas malas experiencias para caer en la cuenta de que amigo no es sólo aquel que se entristece con la noticia de cualquier desgracia, sino aquel que no te envidia los golpes de buena suerte. De los primeros y de los segundos es difícil de encontrar.