Félix y Fosforito Revista Némesis, 9 2008 Francisco Villena

Hubo hace mucho, mucho tiempo, casi cuando la humanidad comenzaba a despertarse, un pajarico que tenía la extraña costumbre de volar. Créanme que el ave volaba tan alto que los hombres la miraban hasta que se perdía en el infinito, más allá del horizonte donde habitan los mitos y los dioses, y ya se sabe, que cuanto más lejos, más grandes son. ¿Por qué volaba? ¿Adónde iba? ¿Qué buscaba? Volar era todo cuanto sabía hacer ese pajarico. De acá para allá, elevándose, huyendo, desapareciendo, sin posarse jamás en la tierra de los hombres.

Sin embargo, un día, después de muchos vuelos, por fin aterrizó en la tierra de Kukulcán. Allí se encontró con Fosforito, un guatillo callejero que conocía todos los recovecos de Cancún, un nido de serpientes que los hombres situaban en Quintana Roo. Fue allí mismito, en la Playa Tortuga, donde se hicieron amigos. Pasaron la claridad y la oscuridad, los días y las noches, y ambos no hablaban más que de las trivialidades de las que hablan los desconocidos. El oleaje de aquellas aguas cristalinas le fue reblandeciendo el corazón, de a poquito, hasta que fue capaz de mantenerse por más de un instante en la tierra de los hombres, que también es la tierra de las serpientes y los guatos. Por fin despojada de sus alas, el ave comenzó a comunicarse de la manera más sagaz que cualquier guatillo haya escuchado:

-Yo nací en un jardín con rosales. Un día una chispa hizo que mi nido se prendiera. Por alguna razón, se me concedieron varios dones, siendo el más destacado la inmortalidad a través de la capacidad de renacer de mis cenizas.
-Pero eso es imposible –contestó Fosforito–. Todo hemos de nacer y morir algún día.

-No es mi caso. Cada vez que me llega la hora de morir, hago un nido de especias y hierbas aromáticas. Pongo un huevo que empollo durante tres días. Luego ardemos y me reduzco a cenizas. Después salgo del mismo huevo como siempre había sido.
-Eso no tiene sentido. Si de veras te hubieras quemado habrías muerto, como todos, para siempre.
-Tal vez mis lágrimas me ayuden a solucionar el problema.
-¿Por qué?
-Porque mis lágrimas tienen poderes curativos.

El guatillo Fosforito no salía de su asombro y de la charlatanería de ese pajarico que se consideraba tan especial. Él, en cambio, no tenía ninguna cualidad especial, o al menos eso aseguraba. No obstante, lo que no contaba es que era ducho en el arte de la conversación y el trato con los hombres. ¡Cuántas cosas no le hubiera aconsejado!

-¿Y de dónde vienes?
-No sé de dónde vengo. No tengo buena vista ni buena memoria. Además, en todos estos años apenas he hablado con alguien.
-¿Y no tienes familia?
-Sí, pero hace mucho tiempo que no los veo y tampoco sé nada de ellos. De quien sí me acuerdo con frecuencia es de mi padre porque fue él quien me fabricó estas alas.
-¿Y qué tienen de especial?
-Verás, con ellas puedo volar. Son mi bien más preciado.
-¿Y te gusta volar?
-Supongo que sí. Es lo que he hecho toda mi vida. Mi padre enlazó las plumas entre sí empezando por las más pequeñas y añadiendo otras cada vez más largas. Aseguró las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera. Me dijo que de esta manera tendría la suave curvatura de las alas de un pájaro.
-¿Cuándo comenzaste a volar?
-Ya casi ni me acuerdo. Mi padre me enseñó a volar. Él batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Me aconsejó que no volara demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar. Desde entonces trato de evitar la tierra de los dioses y la de los hombres. Pasamos Samos, Delos y Lebintos, y entonces comencé a ascender como si quisiera llegar al jardín donde nací. El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Entonces agité los brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerme en el aire y caí al mar sin poder empollar un huevo.
-Hay algo que no entiendo. ¿Cómo te llamas?
-Mi padre me dijo que mi nombre es Fénix.
-Pues yo creo que ése no es tu nombre porque entonces serías un ave de verdad y tu padre no te hubiera construido tus alas.
-Pero yo soy un ave de verdad y mi padre me construyó mis alas para poder volar mejor.
-Si es así seguro que no te llamas Fénix. ¿No te resulta familiar el nombre de Ícaro?
-No, no lo he escuchado en la vida.

Esa pregunta, a la par que alteró al pajarico, hizo que al guatillo se le esbozara una sonrisa. Ni uno era tan inocente ni el otro tan hijueputa. Créanme a mí que los conocí bien al calorcillo del comal, entre Yaxchilán y Tulum, calentando el caldero donde hierven los más grandes impostores de la humanidad. Allí, sin embargo, no tienen cabida ni aves, ni perros, ni pobres, pero no por misericordia, sino porque si así fuera nos habrían hecho rebosar el calderito mucho antes de que su dios perdiera los clavos por allá, en Babilonia, la de las putas. Así, al calorcito del comal, van purgando sus más grandes pecados, no sólo los de la envidia, sino también los del desprecio.

Fosforito se acostumbró a estar en la tierra de los hombres y tratar con ellos. Aún así siempre estuvo seguro de que estaban más allá de los astros: fríos, distantes, en las islas que son ellos mismos, islas que no se tocan ni se conocen, ni por mar, ni por aire; no como el ave que vino del otro lado de los mares, muchas olas y religiones después, a conocer islas y continentes, con sus hombres y sus guatillos.

Tal vez podrían haber encontrado una solución más sencilla, como aceptar que el pajarico se llamaba Fénix. Quizás podrían haber resuelto ponerle un nombre nuevo. La solución del guatillo fue tan obcecada, tan testaruda, tan tozuda que casi me hicieron reconsiderar admitir guatos en el caldero de la desfachatez humana.

El guatillo había visitado varios de los casinos que hay en la zona hotelera de Cancún. Allí aprendió cómo se saca tajada de la soberbia. Han de saber que Fosforito estaba convencido de que el pajarico no hacía más que mentir, que era un fatuo, un pesado, un petulante que no hacía más que mentir, que inventar historias. Fue así cómo el guato llegó con la solución que, tal vez, sería como la cuadratura del círculo: la imposibilidad de lo posible. Les cuento que un día Fosforito le propuso al ave resolver el problema de su nombre de una manera poco usual:

-Vuela, vuela hacia el sol. Si se te derriten las alas tu nombre es Ícaro, y si no, eres el Ave Fénix. ¡No puede ser más sencillo!
-¡Qué llevadito! No me gusta nada esa idea.
-Entonces nunca sabrás quién eres o quién fuiste.
-¡Y qué más da, Fosforito! Lo único que me importa saber es quién seré. ¿No te parece?

La respuesta dejó al guato desprevenido y, por primera vez en su perra vida, no supo qué contestar. El ave, que odiaba el silencio, se aprestó a contestarse rápidamente y lo hizo en su idioma, el único idioma en que entendía las cosas: «Et vous savez quoi? Je ne mange pas de blé».

Una respuesta a “F & F”

  1. cho dijo:

    Que bueno el cuento. ¡A seguir escribiendo!

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