En aras de su peculiar instinto, para no contrariar su yo, Albert pues lo que quería era cadáveres masculinos de jóvenes hermosos, con los que se entregaba a una felación frenética. Pero ay, jamás lograba en ellos la tan buscada erección. Y sufría y se traumaba y amenazaba con hacerse psicoanalizar de Freud. —Freud —le dije cuando le oí semejante disparate— es el charlatán más grande que ha producido este arte. Y no se te olvide, Alberto, que mortus est qui non resollat,y que vivo que se murió no envirila. Que dejara sus cadáveres en paz o iba a terminar en un manicomio. ¡Qué va, cuál manicomio!
Albert Schmidt fue un psiquiatra eminente. A él le debemos Nekrophilie, Strukturanalyses eines Falles, que ya es un clásico. Por lo demás, ahora que caigo en la cuenta, cuando nuestras correrías por los camposantos de Viena Freud no sólo había dejado ya la ciudad sino también este mundo: tras el Anschluss se nos fue el gran hombre a Inglaterra a morir. ¿Cómo entonces un vivo, Albert, se podía querer psicoanalizar con un muerto, Freud? ¿Vivirá aún Albert Schmidt? ¿O ya estará acompañando al autor de Totem und Tabu en el mundo de las sombras? De los quince miembros del Círculo de Viena, tal vez el único que viva soy yo. Ah, pero eso sí, lúcido y sano, sin trastornos psíquicos ni fisiológicos ni erecciones seniles que tan feas son.
Punto y aparte, Peñaranda, y por favor no fumes mientras te estoy dictando, que bien disminuida tienes ya la capacidad pulmonar. Y donde pusiste “miembros del Círculo de Viena”, cambia por “integrantes”, que no quiero ambigüedades. Ya sabes que el mexicano es muy dado al “albur” o interpretación de doble sentido de las cosas inocentes, que es como entienden esa palabra aquí. En el fondo de cuanto uno diga el mexicano siempre encuentra un pene, dos nalgas o una vagina. “De los quince integrantes del Círculo de Viena”, etcétera. Ponlo así. Otro de los del círculo que recuerdo, Wilhelm Guenther, casó con mujer brava. Con una bávara odiosa que se las daba de muy recta, muy moral, muy estricta, y resultó una excrementófila desatada, una coprolángica. ¿Y los otros? ¿Quiénes eran los otros? A ver, déjenme ver. Cierro los ojos para verlos y no veo nada. Se me olvidaron, se me borraron. Es que el tiempo no pasa en vano. La memoria hay que reforzarla día a día o se borra. Deja uno de recordar a alguien durante unos años, ¡y pum, se esfumó!
De donde concluyo que lo único real es lo que tenemos aquí, arriba, adentro, en este coconut que me estoy tocando, almacenado en los trillones de trillones de conexiones nerviosas que hemos ido formando durante nuestro paso por la existencia. Recuerdo que se borró, suceso que no existió. Ahora bien, hay recuerdos que se borran solos y recuerdos que hay que borrar: ¡los traumas! Y he ahí la altísima función del psiquiatra: somos borradores de traumas, para eso estamos. Paciente que entre a nuestro consultorio cargado de ansiedades y aflicciones, de angustias y zozobras y un pasado ambiguo que lo jala y no lo deja vivir, ha de salir cual tábula rasa, limpiecito, recordando tan sólo como firmar, no se le vaya a olvidar la firma cuando nos tenga que firmar el cheque. Porque psiquiatría gratis, jamás: trauma al psiquiatra.
Si un plomero cobra por destaquear una cañería, ¿por qué no va a cobrar un psiquiatra por destaquear un alma? Ah, Wilhelm Guenther, amigo de tiempos idos, de mi juventud en Viena donde me quitaste una novia. Una viva, quiero decir, porque las muertas eran propiedad mancomunada. En eso sí los del Círculo de Viena éramos solidarios, practicábamos un necrocomunismo sexual y nunca nos dio la posesiva, que tanto mal le hace al hombre.
—Mis perros, mis carros, mis criados, mis cuadros, mis maridos, mis amantes, mis joyas, mis caballos, mis casas —decía la gran estrella mexicana María Félix—. Mi mansión de la calle de Fundición alias Rubén Darío, mi quinta turca de Cuernavaca, mi apartamento art nouveau de París…
¿Y hoy dónde estás, María, con tus posesivos y tus posesiones, tus perros, tus cuadros, tus joyas, tus caballos, tus casas? ¿Dónde está el diamante que te dio Jorge Negrete y que jamás le regresaste y del que tanto presumías en tus entrevistas por televisión? ¿El diamante qué se fizo y tus bienes qué se ficieron, a quiénes, coño, carajo, en este mundo de avorazados fueron a dar? María bonita de encrespada soberbia, mi vecina de la calle de Fundición alias Rubén Darío… Nunca la psicoanalicé, pero buena falta que le hacía. Esa mujer en manos del psiquiatra habría sido una mina. De oro quiero decir porque en Argentina una “mina” es una yegua, una mujer: una hembra grandota con dos mamolas como las de Isabel Sarli, enhiestas, presidiendo el todo. ¡Ay, la Argentina! ¡La de mi juventud y nuestro mutuo esplendor, cuando por ella pasé! Un país culto, rico, próspero, con el futuro más brillante por delante, y miren en lo que acabó. Y sin embargo aún la extraño. La Argentina me enseñó español, a querer el tango y a medir el mundo en porongas.
En Buenos Aires conocí y traté a Analie Langer. Freudiana-kleiniana de la Wiener Vereinigung donde se graduó de psicoanalista-psiquiatra en el treinta y seis, se marchó ese mismo año a España con su marido Otto, también psiquiatra, para no volver. Vino el Anschluss, y adiós Viena, para siempre adiós. No pudieron regresar los Langer a Austria como judíos que eran. Rojillos además, comunistoides de hoz y martillo, hubieron de salir de España cuando triunfó Franco, y fueron a dar a la Argentina, adonde poco antes había llegado yo, y donde poco después murió Otto. Y quedó sola Analie en el vasto país de las pampas ejerciendo en la ciudad capital su profesión y toreando traumas: propios y ajenos. Nos hicimos amigos y fui testigo de su ascenso, del que aquí doy fe. Buenos Aires la encumbró. Llegó a ser profesora asociada en la cátedra de psicología médica de la Facultad de Medicina y ya soñaba con psicoanalizar a Evita, la capitana de los descamisados, la vicepresidenta en funciones, la avorazada de joyas, la jefa y guía espiritual de la nación y faro del general Perón, cuando he aquí que a la capitana, la vicepresidenta, la avorazada, la jefa, la guía, el faro se nos la llevó la Muerte de cáncer en la vagina o concha.
La Muerte no espera psiquiatra. Cuando dice ya es ya. Apura más que unas ganas de ir al baño a medianoche. Y bien, andando el tiempo, girando Cronos su rueda, me vine a México, y aquí por su lado vino a dar Analie. Y se quedó supervisando centros de integración juvenil. Un día, por una discusión baladí, nos disgustamos. De tanto Freud y tanto Klein se le corrió la teja, se le piró la brújula, y le dio por sostener el disparate de que existía la fecundación psicógena. —¡Imposible! —le decía yo. Y ella: —¡Sí! Y yo: —¡No! Se iba poniendo lívida, golpeaba la mesa y le bailoteaban los ojos. —Dame un ejemplo, Analie —le decía yo, su paisano doble por lo vienés y argentino y por añadidura colega. —La Virgen María —contestaba ella. —Ay, Analie, no seas boba que ésos son cuentos de católicos y vos sos judía.
Antes de que le diera por la “fecundación psicógena”, su caballito de batalla era el complejo de castración de la mujer.
—¡Qué falta de originalidad, Analie! A estas alturas del siglo y vos seguís con eso. El mundo ha cambiado mucho. Antes, in illo tempore, la fellatio era una rareza, una exquisitez, y la cópula per angostam viam la perseguía el Santo Oficio de oficio. Vino Kinsey y el mundo cambió, nos llenamos de chupapijas y hoy cualquier marica de baño turco se mete per partes non sanctas un avión.
Nos seguíamos hablando de vos, en argentino, pese a que ya llevábamos varios años en México. La Argentina nos marcó. Jamás cruzamos palabra en alemán. ¡Y los dos éramos vieneses!
Ahora, con cabeza fría y sin mediar el feo tema de los “embarazos psicógenos”, llego a la conclusión de que Analie se enamoró de mí. Si no, ¿a qué vino a México? A la Argentina llegamos cada quien por su lado y por obra de la Historia o del azar. ¿Pero a México? ¿Qué tenía qué venir a hacer ella aquí, adonde yo llegué primero? Se hizo invitar del doctor Armando Suárez (el fundador del Círculo Psicoanalítico Mexicano) dizque a una mesa redonda sobre el tema “Locura y sociedad”, y se quedó. ¡Locura la de ella por mí, por este su servidor que atrae a las mujeres complejas como jala clavitos un imán! No hay embarazos psicógenos, Analie, no seas terrorista ni te enojes. Si sin ellos hoy somos seis mil cuatrocientos millones, ¡qué tal que las mujeres se preñaran con sólo pensar! Esto sería el acabose. La mujer ansía la preñez que ni que fuera una vaca. El hombre es por naturaleza mamón. Y los senos, que inspiraron a poetas y pintores, no son más que un par de glándulas mamarias.
Así le hablaba yo a ella, que era colega, pero claro, a un paciente, jamás. Al paciente le doy sandwichitos de caviar y lo duermo con toquecitos de corneta acariciándolo con suavidades de raso. Ay, Analie, te nos fuiste, de Austria, la Argentina, México, de este mundo locuaz para no volver, y te quedaste sin conocer los calzoncillos Calvin Klein. ¡Qué tal tú ahora con el doctor Armando Suárez analizándonos semejante símbolo! ¿Y qué me decís de los muchachos de hoy que calzan tenis apestosos y se cubren la cabeza con una cachucha al revés, con la visera para atrás por si llueve no se les vaya a mojar laangostam viam? Dirías que ése es un signo de inversión. Y no, Analie, es un signo de la vacuidad del mundo. ¡Inversiones! Como no sean las que tengo yo en acciones y propiedades, no las hay. Mis casas, mis carros, mis cuadros, mis pianos, mis yates, mis tapices, mis alfombras, mis avionetas… Mis inversiones, Peñaranda, con las que te habrás de quedar cuando yo muera para continuar mi obra. No la dejes fenecer, toma en tus manos mi causa, mi pendón. De la Plaza Mayor o zócalo arría el lábaro patrio y cámbialo por ésta, mi bandera, tu bandera, la de la Libertad sexual que ansiamos todos, para que desde allí, en el asta más alta, ondee incólume.
Que no existe la inversión sexual se lo debemos a Magnus Hirschfeld, mi precursor. No hay homosexuales. O mejor dicho, sí los hay pero no son malos. Ni raros. Son normalitos, “gueicitos”. Fundador del Institut für Sexualwissenschaft de Berlín (la más sonora bofetada que se les dio antes de la guerra a los nazis), fue Hirschfeld quien acuñó el término “transvestismo”, que él mismo practicaba: se vestía de mujer. Mas no cual vil ramera, cual vulgar bayadera, no: de señora de su casa con discreto déshabillé. Habitué de los bares gay, se hizo famoso en ellos con el nombre de “Tía Magnesia”. Cuando los nazis se montaron en el potro loco del poder corrieron a incendiar el Reichstag y se siguieron con el instituto de Hirschfeld. Una turba de jóvenes enardecidos, azuzados, inflamados, con teas y antorchas encendidas y polvos arios atrancados, no saciados, más banda militar sonando y fuerzas de choque respaldando, a los acordes de la fanfarria dieron cuenta de él: ardió en llamas de furia loca, homofóbica, esta institución libertaria con sus veinte mil volúmenes de pornografía, perdón, sexología, devotamente juntados en el curso de treinta años por su fundador, y el nunca suficientemente llorado autor de Die Homosexualität des Mannes und des Weibes, el alma del Jahrbuch für sexuelle Zwischenstufen, Magnus Hirschfeld, mi precursor, con su ropita pobre de mujer y su casto amor por los pies (limpios, ¿eh?), puso pies en polvorosa. Los treinta y tres anuarios del Jahrbuchardieron, desaparecieron, y con ellos las veinte mil biblias masturbatorias: el fuego puritano, pirómano, se las zampó. Y la magna obra de Magnus Hirschfeld se fue al cielo en pavesas. ¿No han visto ustedes por televisión en el History Channel a los nazis quemando libros? Pues son los de él. Desde de la quema de la Biblioteca de Alejandría por los secuaces de Mahoma no habíamos presenciado sacrilegio igual. ¡Nazis hijos de sus pelonas, hideputas, quemadores de humanidades y verdades, habéis quemado el templo de la libertad! ¿Y cómo pusiste “libertad”, Peñaranda? ¿Con minúscula? ¡Estúpido! Va con mayúscula, cámbiala.
No alcancé a viajar en zepelín pero sí en tetramotor, en avión de hélice, ¡qué sensación! Va uno montado en nubes y en suspenso, viendo por la ventanilla desfilar abajo casitas, riítos, carritos, trencitos, vaquitas, iglesitas, puentecitos, mientras con un cosquilleo cuasi sexual en los oídos los motores nos van diciendo:
—Rrrrrrrrrrrrrrrrr…
Hagan de cuenta una damita apasionada mordisqueándonos el lóbulo de la oreja.
No había aeropuertos entonces sino campos de aviación, y los aviones despegaban y aterrizaban en pastizales, por entre vacas. Entrábamos al tetramotor por una escalerilla, y unas sonrientes azafatas nos daban con la bienvenida tapones de algodón para los oídos, sandwichitos de caviar y champán. Y al bajar del avión un diploma: “Panamerican certifica que don Horacio Petrel cruzó a mil quinientos pies de altura el ecuador”. ¿Y hoy qué nos dan? Una patada en el culo nos dan tras de revisárnoslo. ¿No me insultó pues en pleno vuelo una azafata de Air France después de bañarme en Coca- Cola? Tropezó y me vació encima un botellón.
—Pourquoi existez-vous? —me increpó la maldita.
Air France hace mal en lanzar al aire a sus azafatas sin darles mantenimiento sexual. Pone en gran riesgo sus aviones. El día menos pensado un pasajero irascible bañado en Coca-Cola se las va a cobrar. Señores de Air France: la francesa insatisfecha es un peligro real: se le marchita la cara, se le pudre el aliento y le sudan los pies. Y se vale de todo para hacer el mal: de la ley, el reglamento, lo que sea. Para impedir que las brújulas emotivas de sus pobres azafatas se desquicien y se les llenen de telarañas y oscuridades las cavernas del placer, denles mantenimiento sexual al menos una vez por mes. ¿Acaso no les aceitan a sus aviones los motores y el tren de aterrizaje? No las lancen al aire a la buena de Dios como pájaros, que una falla en el elemento humano puede ser tan fatal como una mecánica. Si yo ese día de la Coca-Cola hubiera traído escondida en el trasero una bomba, ¡juro por Dios que me ve que les vuelo el avión!
Tras el vuelo de la Coca-Cola tomé la costumbre de llamar religiosamente a Air France los lunes por la mañana, para empezar la semana:
—¿Air France?
—Oui, monsieur —contestaba una señorita.
—¡Malcogidas, malbaisées!
Y ¡tas!, le colgaba. Se les olvidaba, y a la semana siguiente:
—¿Air France?
—Oui, monsieur.
—¡Malcogidas, malbaisées!
Un lunes las llamaba de un teléfono público; otro, de otro. Y ya han pasado veinte años y veinte años son nada. A veces, para variar, les agrego:
—Trouvez quelqu’un pour vous baiser.
De unos años para acá me contesta una grabadora, que me va guiando: que si quiero esto, marque lo uno; que si lo otro, marque lo otro; y que si quiero una operadora, marque el cero.
Y lo marco. Y con voz humilde y tímida entono muy quedito:
—¿Air France?
—Oui, monsieur.
—¡Malcogidas, malbaisées!
Y ¡tas! Si de justicia se trata, Peñaranda, el tiempo para mí no pasa. En mi código de honor ningún delito pres cribe. Ahora que me muera y te encarges de esto, sigue lla mando.
¿Pero por qué te hablo de aviones? Ah sí, para contarte que crucé los Andes en tetramotor a veinte mil pies de altura por entre una tormenta de nieve yendo de Argentina a Chile. ¡Qué zarandeada nos dio el temporal! Se me subieron los huevos a la garganta. Perdón, testículos. Subiendo y bajando, despegando y aterrizando, como con saltitos de chapulín, de Santiago saltamos a Lima, de Lima a Guayaquil, de Guayaquil a Bogotá, de Bogotá a Pa-namá, de Panamá a San José, de San José a Managua, de Managua a ciudad de Guatemala, y de ahí, raspándole con las llantas del avión el pico a un volcán, a México de mis amores. En la Sociedad Psicoanalítica Mexicana, que acababa de fundar el brillante joven Erich Fromm, di la conferencia “Masoquismo de Cristo y traves tismo de Papa”, que causó conmoción: por poco y me aplican el 33, un artículo; empezaron a recoger firmas. Pero no hablemos de miserablezas de psiquiatras, hablemos de los momentos fulgurantes que viví. Entre Santiago y Lima, en ese viaje, en ese avioncito, he aquí que de repente veo por la ventanilla, emparejando por un fugaz instante con nosotros su vuelo, volando un cóndor. Alcazamos a mirarnos a los ojos. Entre aleteos esplendorosos, en un destello de sol se me perdió. Ah, las cosas que he vivido: abajo en los cementerios o en lo más alto de lo más alto. He bajado para subir, y he subido para bajar. Si con mi muerte cesa la disensión y se consolida la unión, tranquilo bajaré al sepulcro.
Al final de mi conferencia conocí al doctor Flores Tapia. Tímido, discreto, modesto, cordial, sencillo, complaciente, atento, afectuoso, amable, cortés, risueño, encantador, benévolo, se acercó con su mujer a felicitarme. Con su mujer Ana Krünftl, de apellido impronunciable y que aquí llamaré simplemente Ana Kruf o Ana Mierda: una arpía a cuya sombra las malcogidas de Air France palidecen. Juro que no he conocido otra igual. Y he vivido y tratado furias desatadas. Nos detestamos a primera vista.
—¿Por qué usted hablar mal de Cristo? —me espetó en español y a voz en cuello para que todos la oyeran, con horrí sono acento alemán, como triturando lata.
—Yo no hablar mal de nadie, señora, simplemente lo describo. Sus actos hablan por él.
—Pues no estar de acuerdo.
—No lo esté, que ya se acabaron la Edad Media, el Índice y la Santa Inquisición, y hoy gozamos todos de cabal salud y libre albedrío.
—Yo no aceptar. Nosotros irnos en el acto.
“¿En el acto?”, pensé. Y sí, jalando a su pobre marido de la manga, contra su voluntad se lo llevó “en el acto”.
Días después me lo volví a encontrar, solo esta vez, en un coctel de psiquiatras al que si mal no recuerdo asistió el joven Fromm, y fraternizamos sin más, como si hubiéramos estudiado juntos en Austria, que por poco fue, pues mientras yo me graduaba en Viena él se graduaba en Berlín, donde en mala hora conoció a su mujer, Ana Mierda. Ana Mierda era berlinesa y de lo peor: hitleriana, nazi, cristiana, luterana, mala. Mi sentimiento por Arnaldo Flores Tapia, gran psiquia tra mexicano a quien yo continué, es uno de los que tengo más claros: desde el comienzo lo quise. Lo quise tanto como detesté a su mujer.
En un principio me habló en alemán, por gentileza, pero yo cambié la conversación al español, mi lengua. No tengo otra ni la quiero tener. Con ella me enterrarán y juntos nos comerán los gusanos. ¡Gusanos comedores de lenguas, zámpense lo que queda de ésta! Y en español, pues, seguimos hablando: él en mexicano y yo en argentino, que poco a poco fui mexicanizando, poniéndole un “tantito” de “chile” aquí con un “ya merito” allá. Hoy en día para nombrar las cosas de la vida a veces me hago bolas: ¿Cómo se dice aquí, “concha” o “panocha”? No sé, primero tengo que determinar qué entiendo por “aquí”: ¿Buenos Aires, o México? Ah caray, tengo el alma partida.
Por lo pronto, y mientras los gusanos justicieros dan cuenta de mí, aquí tengo ante mis apagados ojos la tesis con que se graduó Arnaldo: “Das Sexualleben des Kindes”. ¡Esplendorosa! ¡Luminosa! ¡Genial! De no ser por su mujer, Arnaldo hubiera sido la luz de la psiquiatría de todos los tiempos: habría acabado con ella.
Me invitó a conocer su consultorio en la calle de Diógenes Laercio, colonia Polanco: de techos altos, espacioso, con un ventanal a la calle por el que entraba la luz a raudales. Un vientecillo masturbador mecía afuera el ramaje de un árbol.
—Demasida luz —diagnostiqué—. Hay que bloquearle la entrada a la luz para que brille en la oscuridad de adentro el psiquiatra. La estrella del consultorio debes ser tú.
Un pasillo, una antesala y acto seguido, sin más, sin suspenso ni preparación ni danza de los siete velos, un inmenso galpón bobalicón y en un rincón telarañoso, desamparado, solitario, soso, como pene caído, en desgracia, el diván.
—No, no, no —iba desaprobando yo con la cabeza.
Le sugerí a Arnaldo que para empezar había que bloquear la luz del ventanal con cortinajes negros. Y para continuar, darle misterio al galpón. Y cuando en el curso de nuestra conversación me informó que Polanco era un barrio de judíos ricos, ¡pum, que se me enciende el foco!
—Nada de diván. Lo que se requiere es un confesionario. Y poner a pecar a estas judías ricas y a sus maridos ladrones, y que los mate el remordimiento, carajo.
¿Quién que hubiera visto el consultorio de entonces pudiera reconocerlo en el de hoy? Hoy entra el paciente intimidado, con el pene encogido y la cola entre las patas, a un dédalo de cubículos y pasillos en penumbra dignos del Minotauro de Creta:
—Por aquí, por aquí, por aquí, por aquí, caballero.
O señorita. O culta dama.
Y de repente, ¡pum! En el espacio abierto en que desem boca el último pasillo, el sanctasanctórum, en cuyo centro, bajo una luz cenital proveniente de una Santísima Trinidad como de Capilla Sixtina instalada en el techo con el Es píritu Santo electrizado y lanzando rayos luminosos en abanico (agua clara de manantial para inundar el alma), se alza el confesionario. El confesionario, Peñaranda, nues tra gallinita de los huevos de oro que nos hizo ricos, millonarios, opulentos, que es lo que serás tú cuando yo muera y heredes esto, el changarro. No lo despilfarres. No lo malbarates. No te gastes en putas lo que tanto esfuerzo costó, ni pongas en riesgo mis inversiones volando por Air France. Cuídalas mucho.

Saludos del Doctor desde México
Tan contento quedó el Doctor con la recepción que le brindaron en su primera colección de memorias que para dar respuesta a tantos y tantos psicópatas -o sea, personas con patías de la psique- decidió abrir consulta virtual en la siguiente dirección drflorestapia@gmail.com. Estará encantado de leer sus preguntas e intentará responderles según su agenda se lo permita.
2 comments
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01/11/2009 a 8:17 pm
carlos
Esperemos que Fernando Vallejo a quien le pertenece este primer capítulo de la novela en la que está trabajando “Memorias del doctor Flores Tapia” la culmine pronto y de esa manera deleitarnos, como ya nos tiene acostumbrados, a lo mejor que tiene hoy por hoy la prosa latinoamericana.
02/11/2009 a 3:39 pm
Parce
Hola Carlos! No tiene muchos visos de que Fernando termine “Las memorias…” por esa manía suya de la primera persona. El libro que sí va viento en popa es “El don de la vida”. Esperemos que lo termine pronto.