De plagiador a presidente

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Para licenciarse en derecho Enrique Peña Nieto presentó un trabajo final de carrera en el que el 29% de su contenido estaba plagiado, atribuyéndose así la autoría casi un tercio del contenido de su tesis sin citar las fuentes originales.

No seré yo quien diga que Pedro Sánchez plagió. Carezco del tiempo y del interés. Les daré eso sí una herramienta para que lo hagan ustedes mismos: vayan a turnitin.com e introduzcan el texto del doctorando y les dirá porcentualmente cuánto está plagiado, si así lo es efectivamente, y cuáles son las fuentes originales en caso que las hubiere.

Con tantos dimes y diretes, lo siento únicamente por los estudiantes honestos de la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Camilo José Cela porque imagino que serán conscientes de lo que valen ahora sus titulaciones. Es posible que algún rector con ojo avizor decidiera regalar algún que otro doctorado o maestría a la próxima generación de dirigentes políticos y viera en Cristina Cifuentes, Pablo Casado o Carmen Montón reclamos publicitarios gratuitos. Y en un país de Pequeños Nicolases esos reclamos funcionan. En cualquier caso esto es solo una conjetura. Al fin y al cabo, Cristina Pedroche y Lara Álvarez también tienen titulaciones de la URJC.

Yo, como tantos otros, me fui a estudiar mi posgrado al extranjero y los que nos fuimos sabemos qué son los estudios reglados -en España ni los doctorados ni las maestrías lo son-; también sabemos que antes de entregar un trabajo lo tenemos que pasar por los filtros antiplagio porque a veces hasta sin saberlo estamos plagiando; también sabemos que al habernos ido y haber dejado de “hacer pasillo” jamás podremos volver a la universidad española; y sobre todo sabemos que nadie nos va a regalar un título. En España si se les atraganta el grado, la licenciatura o el máster, lo primero es afiliarse a un partido político, ya saben.

Háganselo mirar todos: los que compran títulos y los que los venden, los que heredan puestos de trabajo y los que carecen de méritos para recibirlos, los que se arrogan la autoridad moral de exigir dimisiones y los que después de todo volverán a votar a un político que ha robado -dinero, títulos o tesis. Lo que saco en claro es que España es un país en el que cualquiera puede ser presidente independientemente de su catadura moral o su altura intelectual siempre y cuando le dé las palmas a quien hay que dárselas.

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